Un niño rico, que vive en la ciudad,
a un niñito del campo conoció
y, enseguida, su gran curiosidad,
a preguntarle su nombre le llevó.
"Remigio López", él le respondió,
con los ojos clavados en el suelo
y el niño rico a su lado se sentó,
poniendo en la hierba su pañuelo.
¿Por qué la mirada tienes triste?
pareciera que fueras a llorar...
¿Que ayer en la noche no comiste?
Pues, en dieta tu familia debe estar...
¿Y los pies descalzos por qué tienes?
¿no será que te gusta andar así...?
Mi madre dice que eso no conviene
que los microbios entran por allí.
¡Ese tipo de franela no se estila...!
¿Y por qué usas un cordel por cinturón...?
¡Y ese color marrón no te combina...!
¿Es que no tenías otro pantalón?
¿A qué grado te pasaron en la escuela?
¿Y en vacaciones, adónde viajarás?
Yo estaré en un crucero con mi abuela,
que la vuelta al Caribe le dará...
¿Y el "Niño Jesús", qué te pondrá?
-no me digas que no has hecho tu cartita-
¿Por qué dices que a tu casa no vendrá?
¡Tonto!, si él a todos nos visita...
Y si acaso "el Niño" no te "pone",
a "los Reyes" tú puedes esperar...
Y si aún de un juguete no dispones,
tu padre te lo tiene que comprar...
"Paíto hace dos semanas que murió,
-le interrumpe Remigio con dureza-
pero antes de morir él me enseñó
a encarar la vida con firmeza".
"De moda, de microbios, de juguetes,
podrás hablarme, que de eso no sé ná;
pero, sí sé arrancar con un machete
los secretos de esta tierra maltratá".
"Me equivoqué, ciertamente no lo niego,
al creer que podrías ser mi amigo.
Para mí, la amistad no es simple juego,
es respeto mutuamente compartido".
"Mi condición de pobre yo lamento,
nunca tendré lo que tú siempre has tenío,
pero al ver tu actitud ahora me siento
orgulloso de humirde haber nacío...".
Mas, Remigio de pronto enmudeció,
el niño rico estaba a punto de llorar,
y, con nobleza, Remigio le pidió
que, por favor, lo supiera perdonar.
El niño rico, perplejo, le miró
y a su rostro asomó la comprensión;
sabía bien que fue él quien ofendió

¡y el niño pobre imploraba su perdón!
Y un nudo en su garganta se formó
y, sin palabras, henchido de emoción,
tendió la mano y Remigio la estrechó,
¡había aprendido, de sobra, la lección!
Jesús Núñez León.
Jesús Núñez León.















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